Veo la foto de Lula sonriente del brazo de quien es acusado de
dirigir un cartel de narcotraficantes. Imposible que desconozca la verdad de la
circunstancia. Ha sido durante dos períodos el presidente de la octava potencia
del mundo. El país que se encuentra bajo las botas de su sonriente camarada
venezolano acaba de impedir lo que ni Pinochet le impidió a Felipe González en
los más pavorosos tiempos de su dictadura: visitar un preso político. ¿Habrá un
fin? ¿O el mito del eterno retorno refiere la imposibilidad del género humano
de despegarse de las inmundicias pantanosas de sus peores experiencias?
Releo, con la misma, renovada pasión con que las leyera por
primera vez cuando fueran editadas por Tusquets, hace quince años, las memorias
de Jorge Edwards sobre su entrañable amigo Pablo Neruda. Para mí,
particularmente entrañables porque recrean un universo que me fuera cercano y
familiar: el Santiago de los años cincuenta-sesenta que me vieran salir de la
adolescencia, entrar en la universidad y compartir circunstancias y personajes
que desfilan de la mano de la maravillosa prosa del gran novelista chileno.
Isla Negra, el Quisco, el Tabo, Zapallar, frente al estrépito y la bravura del
Pacífico. O el Santiago de esos tiempos casi pueblerinos de Los Guindos, donde
viviera Neruda con la Hormiga, la pintora argentina Delia del Carril, su esposa
durante años. A quien también yo visitara cuando pasaba de los noventa años.
Ese Santiago polvoriento, sin asomos de la tragedia que un día no muy lejano se
le vendría encima, o el París que se aprontaba al telúrico remezón de Mayo del
68 al que llegáramos por las mismas fechas.
Él, bastante mayor, pero yo curioso e inquieto como era por esos
años, visité los mismos lugares, conocí los mismos personajes, estudié con los
mismos profesores y hasta fui amigo de algunos de sus mismos amigos. Joven
comunista asistí a mediados de los cincuenta a más de una conferencia que diera
en la sede del partido: Neruda, el cetáceo, posiblemente la figura literaria más
extraordinaria de la cultura y la intelligentsia chilenas de esos y todos sus
tiempos, ocupa el centro del escenario de esa nostálgica y poderosa despedida:
Adiós, poeta.[1]
Pero no son ni la remembranza de esos tiempos perdidos para
siempre ni la nostalgia de lo que ya murió los sentimientos que me llevan a
compartir la lectura de esas memorias extraordinariamente amenas y ricas en
antecedentes sobre la germinación del boom, la vida en el Santiago de los
cincuenta y el París de los sesenta. Es constatar que las experiencias sórdidas
y tenebrosas del castrismo que en estas páginas se relatan, primero admirado y
luego aborrecido por el gran poeta chileno y su memorialista –que viviera poco
después de lo narrado en estas páginas el despliegue de la tiranía cubana en
todo su esplendor mientras fuera el plenipotenciario de Salvador Allende ante
Fidel Castro, quien terminara por sacarlo de la isla de manera ignominiosa
declarándolo persona non grata– llegaría a experimentarlas en carne propia más
de cuarenta años después en Venezuela, como si de una kafkiana pesadilla
infinita, recurrente e interminable se tratara. De un monstruo que echó raíces
en tierra fértil y parece haberse entroncado para siempre con las peores
tradiciones de nuestra vida política: el autocratismo, el caudillismo, la
tiranofilia. Como si la modernidad se negara a acampar en nuestras costas.
Es claro: comparar los fulgores iniciales de la revolución cubana,
el deslumbrante despliegue de su atracción turbulenta, asistir a la adoración
de los más brillantes intelectuales occidentales en esos años verde olivo –de
Sartre y Simone de Beauvoir a Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa– con la
cloaca en que derivara medio siglo después, la miseria apocalíptica en que se
arrastra y, lo que es verdaderamente insólito, sufrir en primera fila la
satrapía que ha puesto en pie en un país, el nuestro, que ha perdido toda
grandeza, toda dignidad, todo decoro, todo señorío, no puede menos que causar
una impresión imborrable.
¿Cómo pudo el país de Miguel Otero Silva –amigo íntimo del vate–,
de Arturo Uslar Pietri y Rómulo Betancourt, venir a dar a las manos de esta
pandilla de forajidos y asaltacaminos? Es más: ¿cómo pudo la región venir a dar
a las manos de quienes la han convertido en un zaguán pueblerino, en un
lupanar, en un matadero corrupto y a veces despreciable?
Veo la foto de Lula sonriente junto a una autoridad venezolana
acusada de dirigir un cartel de narcotraficantes. Imposible que desconozca la
verdad de la circunstancia. Ha sido durante dos períodos el presidente de la
octava potencia del mundo. El país que se encuentra bajo las botas de su
sonriente camarada acaba de impedir lo que ni Pinochet le impidió a Felipe
González hace exactamente cuarenta años, en los más pavorosos tiempos de su
dictadura: visitar y darle un consuelo a sus presos políticos. ¿Habrá un fin
para tanta pesadilla? ¿O el mito del eterno retorno no se refiere al regreso a
los años dorados de nuestro pasado primigenio sino a la imposibilidad del
género humano de despegarse de las inmundicias pantanosas de sus peores taras
fundacionales?
Vía El
Nacional
Que pasa Margarita
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