MIGUEL SANMARTÍN
| EL UNIVERSAL
sábado 4 de octubre de 2014 12:00 AM
Lo que estaba previsto que
ocurriera comenzó a pasar, camarita. El Gobierno negaba esa posibilidad.
Pero está sucediendo. Es manifiesto y continuado el cierre de fábricas y
negocios acompañado de las consiguientes protestas de trabajadores que
pierden sus puestos de trabajo. El Gobierno, en su contumaz tozudez,
atribuía las advertencias sobre el colapso económico a hipotéticas
guerras, conspiraciones, saboteos y actos terroristas, que tramó (con
asesoría cubana) en los laboratorios de guerra sucia-coercitiva de la
revolución.
La fuerza de los hechos expuso la realidad. Hoy nadie duda de la paralización (parcial o total) del aparato productivo nacional. Y, como también disminuyeron las importaciones (no hay dólares suficientes para ello), la escasez e inflación están fagocitando a la población. Para negar la caída de las santamarías los voceros oficiales aguzaron sus destrezas discursivas en las cuales se especializaron durante estos últimos 16 años de destrucción, decadencia y retroceso económico-social. Pusieron todo su énfasis hegemónico-mediático en negar las consecuencias de sus malas políticas (socialismo del siglo XXI) en lugar de combatir las causas inducidas que están propiciando la paralización, cierre y hasta la quiebra de empresas aplicando medidas adecuadas y oportunas.
Primero fueron comercios. Tanto pequeños (familiares) como grandes almacenes (cadenas) de línea blanca, de línea marrón, de artículos de ferretería, de lámparas, de ropa y de calzado. Unos cuantos redujeron horarios, algunos anticiparon vacaciones colectivas y otros cerraron definitivamente castigados (todos) por las "rebajas" forzosas decretadas por el gobierno revolucionario. Dicha "reducción" de precios (impuesta bajo amenaza) provocó el agotamiento de las existencias las cuales los comerciantes no pudieron reponer porque el Gobierno no les aprobó las divisas para importar nueva mercancía. Los anaqueles, como se recordará (sobre todo en noviembre de 2013, previo a las elecciones de alcaldes) fueron arrasados por auténticas pobladas. Mucha gente hizo colas por días antes de ingresar a las tiendas para adquirir productos a precio de gallina flaca.
La adopción de otras medidas inconsultas-populistas mediante las cuales el Gobierno rebajó hasta límites absurdos-insostenibles los alquileres de locales y los cánones de condominio que estos venían cancelando, también contribuyó al cierre de tiendas y a la ranchificación (deterioro de las instalaciones e inseguridad) de los centros comerciales cuyas ventas se vinieron al suelo.
Ahora también echan candado empresas con años de tradición produciendo bienes y servicios y creando empleos para los venezolanos. La crisis no hace excepciones. Afecta por igual a industrias nacionales y extranjeras. Todas sufren las consecuencias de la misma enfermedad: un pésimo gobierno con perores políticas económicas. El afectado siempre es el mismo: el soberano, chavista y no chavista.
El Gobierno tiene que aplicar cuanto antes las medidas económicas que sabe indispensables para que no se repitan casos como los de Clorox y Suramericana de Soplados.
La fuerza de los hechos expuso la realidad. Hoy nadie duda de la paralización (parcial o total) del aparato productivo nacional. Y, como también disminuyeron las importaciones (no hay dólares suficientes para ello), la escasez e inflación están fagocitando a la población. Para negar la caída de las santamarías los voceros oficiales aguzaron sus destrezas discursivas en las cuales se especializaron durante estos últimos 16 años de destrucción, decadencia y retroceso económico-social. Pusieron todo su énfasis hegemónico-mediático en negar las consecuencias de sus malas políticas (socialismo del siglo XXI) en lugar de combatir las causas inducidas que están propiciando la paralización, cierre y hasta la quiebra de empresas aplicando medidas adecuadas y oportunas.
Primero fueron comercios. Tanto pequeños (familiares) como grandes almacenes (cadenas) de línea blanca, de línea marrón, de artículos de ferretería, de lámparas, de ropa y de calzado. Unos cuantos redujeron horarios, algunos anticiparon vacaciones colectivas y otros cerraron definitivamente castigados (todos) por las "rebajas" forzosas decretadas por el gobierno revolucionario. Dicha "reducción" de precios (impuesta bajo amenaza) provocó el agotamiento de las existencias las cuales los comerciantes no pudieron reponer porque el Gobierno no les aprobó las divisas para importar nueva mercancía. Los anaqueles, como se recordará (sobre todo en noviembre de 2013, previo a las elecciones de alcaldes) fueron arrasados por auténticas pobladas. Mucha gente hizo colas por días antes de ingresar a las tiendas para adquirir productos a precio de gallina flaca.
La adopción de otras medidas inconsultas-populistas mediante las cuales el Gobierno rebajó hasta límites absurdos-insostenibles los alquileres de locales y los cánones de condominio que estos venían cancelando, también contribuyó al cierre de tiendas y a la ranchificación (deterioro de las instalaciones e inseguridad) de los centros comerciales cuyas ventas se vinieron al suelo.
Ahora también echan candado empresas con años de tradición produciendo bienes y servicios y creando empleos para los venezolanos. La crisis no hace excepciones. Afecta por igual a industrias nacionales y extranjeras. Todas sufren las consecuencias de la misma enfermedad: un pésimo gobierno con perores políticas económicas. El afectado siempre es el mismo: el soberano, chavista y no chavista.
El Gobierno tiene que aplicar cuanto antes las medidas económicas que sabe indispensables para que no se repitan casos como los de Clorox y Suramericana de Soplados.
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