Saturday, October 4, 2014

Ya ni los velorios dan rating, Presidente

En: http://konzapata.com/2014/10/ya-ni-los-velorios-dan-rating-presidente/

La delincuencia, vaya ironía, le ha ganado todas las guerras a este gobierno militar. Pero en lugar de combatirla, Maduro y su combo aparecen con una telenovela reencauchada, en la escenografía triste de un velorio de urgencia, frente a las madres de dos jóvenes brutalmente asesinados, para convertir semejante duelo en una máquina de fabricar titulares baratos.


Por Elizabeth Fuentes.-

Apelar a las emociones primarias siempre ha sido una buena tabla de salvación. Lo saben los telenovelistas, los guionistas, los que escriben best sellers o canciones pegajosas: el amor y el odio venden. O mejor dicho, pagan la renta, ponen el plato de comida en la mesa, generan los mejores dividendos. Pero -y aquí es donde se evidencia la genialidad o no del escribidor- el asunto está en saberlos usar, en conocer la medida justa que el espectador está dispuesto a sufrir con las historias de otro y, secreto número dos, en no repetir la misma fórmula en cada nueva historia porque la sorpresa también es importante. De hecho, los mejores guiones de cine, esos que se estudian hoy como ejemplo en las escuelas de cinematografía del mundo, son aquellos donde el espectador jamás adivinará el desenlace. Son los guiones que le ponen trampas a la audiencia los que más éxito han tenido en taquilla porque a la gente le gusta que la emocionen y la sorprendan, incluso si imagina que, en ese afán, hay mucho de mentira o de exageración. Usted me sabe engañar y eso se agradece, dicen quienes compran libros, ven telenovelas o revientan la taquilla.
“La política es un espectáculo y sus dirigentes, los protagonistas del show”, revela un pensamiento clásico del marketing político, para hacerles entender a los dirigentes que se deben comportar como estrellas famosas en un siglo donde una aparición en TV sustituye a los grandes mítines y los medios de comunicación de masas se han convertido en el verdadero mediador entre los líderes y la gente, suplantando en gran medida la labor de los partidos. Por lo mismo, cada aparición debe ser calculada milimétricamente porque cada gesto, cada aseveración, cada metida de pata, puede hacer la diferencia contante y sonante entre subir o bajar en el favor popular.
Toda esta monserga teórica tiene, como adivinaron, un destinatario. Inútil por lo demás porque, como hemos visto, a Nicolás Maduro el aprendizaje le ha resultado muy a contracorriente. No tiene el hábito de hacer la tarea, de memorizar conceptos, de quedarse sentadito y callado cuando las normas lo obligan. Entonces vuelve y aparece con su telenovela rencauchada, repetitiva, atropellando el castellano en el escenario menos indicado, en la escenografía triste de un velorio de urgencia, frente a las madres de dos jóvenes brutalmente asesinados, vuelve y aparece, repito, para robarse el escenario y convertir semejante duelo en una máquina de fabricar titulares baratos, previsibles, sacando las mismas mentiras del mismo gastado sombrero de aprendiz de mago, roto de tanto uso.
Y es aquí cuando vemos que el presidente, a poco menos de un año de haber ganado unas elecciones cuyo resultado sigue en cuestión, se ha convertido a sí mismo en un caliche, una noticia que siempre parecerá vieja, repetida. Un periódico de ayer son Nicolás Maduro y su combo, incapaces de discernir dónde están parados a la hora de enfrentar la tragedia de que uno de sus diputados más leales fue horriblemente asesinado, robado – tenía armas y municiones de alto calibre en su hogar-, con la misma impunidad con la que miles de venezolanos enfrentan a diario a la delincuencia. Delincuencia que, vaya ironía, le ha ganado todas las guerras a un gobierno militar.
Pero Nicolás prefiere abrir uno de los baúles heredados y extraer guiones fracasados – Danilo, Otaiza…-, y repetirlos ahora con el nombre de Robert Serra sin percatarse de que esa historia nunca tuvo rating, no sorprendió, no se vendió, a nadie engañó, nadie la compró. Entre otras razones porque, al día siguiente del asesinato del diputado, la mayoría de la audiencia tenía que madrugar para hacer la compra que realmente les interesa ahora, la de aceite, pañales o harina. Y después de la cuarta mentira, apagaron la tele y se fueron a descansar porque lo que les esperaba mañana sí que era durísimo.

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