Ver también en Youtube:
http://www.youtube.com/watch?v=2NCdOSsA51M#t=63
http://www.youtube.com/watch?v=lhMF56Rs1h4#t=24
http://www.youtube.com/watch?v=Mv3G1YMuAMc
http://www.youtube.com/watch?v=wkWpPI4BYzw
Aquiles Báez
La música del oriente venezolano es una
de esas joyas bien guardadas que tiene nuestro folklore. De raíz
andaluza con reminiscencias de la cultura árabe, así como la de los
indios Caribes y de algún negrito que de seguro se cruzó por esas
costas, la música oriental venezolana tiene una personalidad tan
profunda y tan inmensa como sus playas, y tanto sabor como el más
delicioso de los sancochos de pescado. En ese mar de sueños, en Cumaná,
tenemos a esta gloria desconocida por muchos, la sirena o la voz de
Cumaná. Ella es expresión viva de una cultura que no se deja morir y, a
pesar de la penetración cultural, sigue plantada y firme, porque las
expresiones populares son muestras de autenticidad. Es esa autenticidad
lo que demuestra que la identidad no es un elemento superfluo y que
tiene una vida inmensa.
Una cayena en el pelo, los labios rojos
llenos de pasión como la sangre, falda de flores, sonrisa destellante y
una voz que acaricia. Cuando ella canta, vibra todo el oriente
venezolano y se prende de alegría. Pocas veces me he emocionado tanto
como cuando escucho el canto de esta doña, señora del estribillo, la
reina del folklore de Cumaná: María Rodríguez.
La Música Oriental
Me involucré con la música oriental a
través de mis amigos Estelio Padilla, Héctor Araguainamo y mi hermano
Alfonso Moreno. Gracias a ellos me convertí en un conocedor de música
oriental sin vivir en Cumaná. Soy un enamorado de esta música. Cada vez
que venían a Caracas cantantes orientales, como esa otra gloria de
Cumaná llamada Hernán Marín o la misma María, yo los acompañaba. María
decía que los músicos que tocaran con ella tenían que ser orientales a
menos que sea er gordito (es decir: yo). Como buena oriental, nunca me ha llamado de otra forma que no sea: “er gordito”.
Me fascina la música oriental. Pienso en
lo bonito que es su fraseo desbordado del compás, en esa dinámica que
su música tiene para pasar desde lo profundo y emocional de un polo
hasta el sabor y viaje creativo de un estribillo o una guacharaca.
María Rodríguez de Cumaná
Sin duda, muchos de nuestros lectores no
conocen a María. Pero para la cultura del oriente venezolano ella es
una diosa, para los músicos criollos es un ícono y para la gente del
pueblo es la voz de Cumaná. Se las tuvo que arreglar haciendo brujería y
otras cosas pecaminosas para criar a sus siete hijos, hasta que empezó a
trabajar como parte del personal de limpieza de la Universidad de
Oriente a la vez que cantaba en el conjunto de su tío “El Chiguao”, uno
de los músicos orientales que más han influenciado este estilo musical.
El poeta Armas Alfonzo, quien fue director de cultura de la Universidad
de Oriente durante los años sesenta, le preguntó a María sobre quién
podía coordinar la comparsa de la universidad, dar clases de danzas
tradicionales del oriente y enseñar a los niños de las comunidades
cumanesas todas las diversiones y formas musicales orientales. María
respondió: “Yo misma soy”, y así empezó María a realizar una hermosa
labor de preservación y rescate de las tradiciones, surgiendo como una
figura emblemática de la música y el baile de los géneros orientales
venezolanos. En el año 1994 fue declarada patrimonio viviente del estado
Sucre.
Encuentros
Mi primer encuentro con María ocurrió
hace unos cuantos años. Me encontraba en Puerto La Cruz con el conjunto
de aguinaldos de Esperanza Márquez, en uno de esos festivales donde uno
tocaba en una suerte de tráiler al aire libre. Me emocioné cuando supe
que María también iba a cantar ahí. En esa época había estado fascinado
por las canciones donde se defiende de cualquier brujería con “La
oración del tabaco”; por “La fulía de Oriente”, que en su voz es como si
viviera en carne viva el sufrimiento de Jesús en la cruz; por la jota
cumanesa que aún hoy me impresiona con su ritmo tan sofisticado; o “La
fiesta de los santos” donde en medio de un estribillo se desata una
tremenda rumba celestial. Tenía una gran expectativa por este encuentro
con la reina del folklore de Cumaná. Pero María no sólo es una reina de
la música sino también, dicho en criollo, de la “jodedera”. Realmente
tiene unas ocurrencias que son únicas, de manera que mi primer encuentro
con ella fue totalmente desconcertante. Lo cierto es que me le presenté
y María lo primero que me dijo delante de todos fue: “Este gordito sí
que está bello” y, acto seguido, me pellizcó los cachetes. Luego
seguimos conversando y cuando llegó mi turno de tocar, mientras subía la
escalera para dirigirme al escenario, María, sin ningún rubor, tocó mis
partes íntimas diciéndome: “Gordito, ¿qué es lo que tú tienes ahí?”. Me
puse rojo como un tomate y salí a mi concierto entre el desconcierto,
la pena y la vergüenza porque todo el mundo estaba muerto de risa por lo
que hizo la doña. Reconozco que mi primera reacción fue pensar algo
como: “¿Qué le pasa a esta vieja loca?”, pero después de esa molestia
inicial quedé enamorado de su encanto y simpatía. Ese día entendí ese
sentido del humor tan oriental.
Anécdotas
Gracias a esa forma de ser tan especial,
María posee mil anécdotas. En Cumaná hay un teatro llamado “María
Rodríguez”. Es su teatro y ella se siente la dueña de la casa. Uno de
esos cuentos fabulosos es que había un concierto de una cantante de jazz
que venía de Caracas. Como ella conocía al percusionista, se subió a la
tarima en pleno concierto, fue hacia a la percusión y le dijo a su
amigo: “Esta vaina está muy fastidiosa, así es que me voy a salir y te
espero afuera donde están los roncitos”.
Un día estaba ensayando con María y de
repente me dijo: “Gordito, rebuchéamelo”. Yo dije: “¿Qué?”, y ella
repitió “Que lo rebuchees”. Para mí era como si me hablaran en chino. De
repente ella empezó a menearse de una forma que me dio un ataque
incontenible de risa. Lo que ella quería era que tocara la guitarra de
esa forma particular como se hace en el Estribillo. Luego me dijo: “¿Tú
no sabes lo que es rebuchear?”, y volvió a moverse. Esta vez nos dio un
ataque de risa a todos los presentes.
Otra señora de la canción venezolana,
Lilia Vera, me contó que hace un par de años se corrió el rumor que
María había fallecido. Lilia empezó a preguntar y nadie sabía nada, por
lo que decidió lanzarse a hacer una llamada a Cumaná a la casa de María.
Una señora atendió el teléfono y Lilia preguntó muy discretamente sobre
la salud de María. De repente, esta señora pegó un grito diciendo:
“María, acá esta una señora que dice que es Lilia Vera con una
preguntadera, debe ser que te mataron otra vez”.
En otra ocasión, estaba conversando con
ella y me contó preocupada que quizás iba a tener que mudarse. Le
pregunté por qué y me contestó: “Es que le monté una brujería a un
vecino que era muy fastidioso y el hombre se murió. Todo el mundo me
está echando la culpa de esa vaina. Yo le quería echar una vainita, pero
no matarlo…”, hizo una pausa y luego comentó: “¿Será que me salió
demasiado bueno el trabajito?”.
A pesar de esa simpatía oriental, María
ha tenido una vida de película al punto que el director John Dickinson
hizo su largometraje Entre Golpes y Boleros, protagonizado por María Alejandra Martín e inspirado en su vida.
Estribillo
María es un personaje —más que
auténtico— emblemático de nuestras raíces culturales. Para mí es
comparable con una Violeta Parra, de Chile, con una Chabuca Granda, de
Perú, o con una Chavela Vargas, de México. Todas íconos innegables de
una identidad cultural inspirada en la tradición. Me es difícil
comprender cómo no forma parte del día a día de los venezolanos. A veces
siento que ese tipo de faltas ha hecho que las fuentes de nuestras
verdaderas raíces sean consideradas como bichos raros, al punto que
mucha gente de nuestro territorio las desconoce.
Personalmente, considero que María es
una gloria nacional, una flor que tiñe de amor a la cultura del oriente
venezolano. No soy un chauvinista, de hecho creo que soy muy abierto
culturalmente. La cultura es producto de muchos intercambios, es
dinámica y está en constante transformación. Pero también creo que hay
que dar una mirada hacia dentro y valorar las hermosas cosas que
tenemos. Existe un rechazo hacia nuestra música y muchas veces es
ocasionado por el desconocimiento. Nos quedamos en la superficie, en vez
de buscar en la profundidad de eso tan nuestro como la arepa y la
empanada de cazón.
La última vez que vi a María fue en
octubre del año pasado. Ella fue a cantar con un grupo de Cumaná al
Centro de la Diversidad Cultural, en Los Rosales. Tenía muchos años que
no la veía. Mis ojos brillaron de emoción y me conmoví al ver cómo sus
ojos también se iluminaron. Ahí María me dedicó una vez más su sonrisa,
su humor y su cariño. A sus 86 años ha llevado toda una vida llena de
pasión oriental. A pesar de haber sufrido dos accidentes
cerebrovasculares, aún mantiene su alegría y su magia. A María la llevo
en el corazón, como a muchas cosas que amo de la cultura venezolana.
María Rodríguez, la sirena de Cumaná, tu voz, tu calidez y tu presencia siempre estarán entre mis recuerdos más bonitos.
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