Fernando Mires
La horrible muerte del joven diputado del PSUV, Robert Serra, ha causado impacto. Pero todos saben en Venezuela de que no se trata de un caso de excepción sino, aunque parezca pavoroso, de perfecta normalidad.
Cientos, miles de personas son
asesinadas en calles y casas venezolanas. De vez en cuando el cuchillo
artero o la bala mercenaria alcanza a algunos personajes públicos. Puede
ser una Miss como Mónica Spear
o un político popular como Robert Serra. Entonces el país se conmueve y
llora. Dura poco. La cosa sigue igual, nadie hace nada en contra, el
gobierno menos, y los cadáveres continúan atestando los patios de la
morgue. Al comenzar cada día, los medios dan a conocer la cantidad de
asesinados como si fueran los números de la quiniela.
Todos saben que el crimen se ha
apoderado de las calles y de que hay territorios controlados por
maleantes, dirigidos no pocas veces desde las mismas cárceles. Y todos
saben también que Venezuela es un país socialmente desarticulado y
políticamente polarizado, es decir, uno que padece dos alteraciones
colectivas –disociación y polarización– que si fueran individuales,
bastaría para encerrar a alguien en una clínica.
Naturalmente, el concepto “sociedad” no
pasa de ser en Venezuela un significante vacío; o un simple recurso
retórico. Como la palabra “hampa” que de tanto ser usada ya no dice
nada. “A mi sobrino lo mató el hampa” ya es casi lo mismo que decir “el
pobre se murió de una pulmonía”.
Una sociedad en estado de no-sociedad es
una alteración diagnosticada por la sociología clásica con el término
“anomia”. El termino fue acuñado por Emile Durkheim y ha hecho exitosa
carrera en los institutos de sociología. Anomia, en su acepción más
general, define un estadio de desintegración entre normas y leyes con
respecto a las conductas de los habitantes de una nación.
Importante es destacar que anomia no es
igual a pobreza. Por cierto, la anomia encuentra condiciones óptimas
para desarrollarse allí donde impera la pobreza extrema, o miseria. Sin
embargo, hay naciones pobres que no son anómicas. Bolivia, por ejemplo,
es un país pobre, pero el complejo tejido de unidades étnicas, y el
enorme peso del sindicalismo obrero, hacen imposible hablar de una
nación anómica. Venezuela, caso opuesto, está lejos de ser, aún bajo el
imperio del “socialismo del siglo XXl”, una de las naciones más pobres
de la región. No obstante, es la más anómica de todas.
En sentido estricto tampoco la anomia es
sinónimo de alta criminalidad. La criminalidad puede llegar a ser una
de las consecuencias más visibles de la anomia, pero no es su condición
necesaria. Criminales hay en todos los países del mundo y como tales son
designados aquellos que viven al margen de la ley. La diferencia es que
en los países anómicos los criminales no viven al margen pues en ellos
cumplir la ley es la excepción y su no acatamiento es la regla. El caso
de Venezuela es aún más grave. Allí las leyes son órdenes que emanan
desde el gobierno, es decir, la anomia ya alcanzó al, y viene desde el,
gobierno. Es un caso único en América Latina.
En la Venezuela de hoy alguien puede ir preso sin haber cometido ningún delito (caso López,
entre tantos). Más todavía, Venezuela debe ser uno de los pocos países
del mundo en el cual sus autoridades dictaminan sentencias sin que
existan investigaciones y juicios previos.
“Te voy a meter preso” era una de las
frases preferidas del presidente muerto, quien, además, las cumplía. Sus
herederos continúan el ejemplo. El caso del capitán Cabello es
prototípico. Cuando se refiere a Capriles
lo llama “el asesino Capriles” y todos sus seguidores piensan que
referirse así a un gobernador elegido por alta mayoría es lo más natural
del mundo. En un país no anómico, en cambio, Cabello habría sido
destituido por calumnia, difamación y uso indebido de poderes.
Si hubiera que comparar la anomia con un
fenómeno biológico podría decirse (aunque con cuidado) que la anomia es
lo más parecido a un cáncer con complejas ramificaciones. En ese
sentido Venezuela representa un caso de anomia radical. Por una parte,
su condición rentista determina que gran cantidad de personas profiten
bajo el alero del “Estado Mágico” (Coronil) sin crear entre sí
relaciones sociales. Así, Venezuela ya no es, como son la mayoría de los
países del mundo, un “estado-nación”, sino exactamente lo contrario:
una “nación-estado”.
Por otra parte, la anomia venezolana
–hasta la llegada de Chávez, una característica social– se ha
transformado bajo el chavismo en anomia política, fenómeno nunca
imaginado por Durkheim. Esa es la razón por la cual el Parlamento, la
Justicia, así como los organismos estatales, incluyendo al Ejército, no
adecuan su funcionamiento a la Constitución sino a decisiones de la
cúpula estatal. El gobierno, bajo estas condiciones, no gobierna; solo
manda. El gobierno es una simple jefatura.
Podría pensarse que la radical anomia
política que vive Venezuela es resultado del avance populista producido
por el chavismo. Sin embargo, si analizamos al fenómeno populista
venezolano, tendríamos que concluir en que eso no es así. La razón es
que el populismo es una forma de integración (Laclau) y no de
desintegración política.
El populismo es una forma de la
política. Una entre otras. Luego, lo que hoy comprobamos al observar el
modo de funcionamiento del gobierno Maduro,
no es un avance del populismo, sino su misma desintegración. Maduro es
un gobernante anómico que no sigue el llamado de masas organizadas sino a
una camarilla (oligarquía estatal) que actúa de acuerdo a su propia
lógica. En ese sentido el Estado termina por convertirse en una mafia
entre otras. El concepto “Estado mafioso” sugerido por Moisés Naím,
calza perfectamente con las características del Estado venezolano a
partir de la era Cabello/Maduro.
El concepto de anomia tampoco se refiere
a una ausencia de democracia. Hay países no democráticos que no son
anómicos. La integración social destinada a conformar una sociedad
políticamente constituida es solo una posibilidad. Dictaduras militares,
teocracias, e incluso sistemas tribales, pueden fungir también como
formas de organización anti-anómicas. No es el caso del régimen de
Maduro.
Cierto es que la ausencia de integración
social y política ha sido intentada superar por Maduro con la
instauración de un culto idolátrico a Chávez, pero ese objetivo
interpela, cuando más, a los sectores más duros del chavismo, no a toda
la nación.
Por último debe ser dicho que la anomia
se refiere a un fenómeno de desintegración nacional, pero no a la de
grupos particulares. Los colectivos armados, los para-militares y los
grupos clientelísticos que rodean al gobierno de Maduro, se encuentran
muy bien organizados en sus interiores. Cada uno posee sus normas, sus
códigos y sus relaciones de lealtad. Para decirlo de modo simple, en el
mundo de la anomia cada organización trabaja por su lado, sin atender a
la totalidad. Que entre estos diferentes grupos hay rivalidades e
incluso ajustes de cuentas, es una verdad inapelable.
Así como ocurre con los trastornos
individuales en los cuales la desintegración del alma se expresa de modo
sintáctico (pérdida de la relación entre significantes y significados
vigentes), en el caso de la anomia también tiene lugar una pérdida de la
relación entre las palabras y las cosas. Las frases, medios de la
política, pierden coherencia; cualquiera afirmación puede ser verdadera o
falsa; nadie puede confiar en lo que se dice. El ejemplo viene de
arriba.
Sin seguir el lema “gobernar es educar”,
lo cierto es que los personajes públicos, sobre todo los políticos, son
un ejemplo para sus seguidores. De este modo, si un presidente miente e
insulta sin continencia, su ejemplo tendrá imitadores. Como suele
suceder, al ser insultados, algunos opositores responderán con la misma
moneda. Llegará así el momento en que el clima estará tan enrarecido que
la práctica política se convertirá en algo imposible. Eso es lo que
busca, y con insistencia, el régimen de Maduro.
La política es antes que nada su
discurso. Sin discurso político no hay política. El chavismo, pero sobre
todo el post-chavismo, ha terminado por destruir a la gramática de la
política.
Sin política, la sociedad no puede
constituirse políticamente. Allí donde no hay política solo impera la
violencia; allí donde hay violencia solo triunfa la muerte. Quién sabe
si la muerte del joven Serra es el triunfo de la anti-política, es
decir, de la anomia política impulsada por el propio gobierno militar.
Solo si partimos desde esa premisa podemos entender la brutal agresión
llevada a cabo por Maduro en contra de la persona de Jesús ‘Chuo’ Torrealba.
Torrealba es uno de los políticos más
correctos y queridos de Venezuela. Pero Maduro, sin mediar ofensa
alguna, más todavía, inmediatamente después de que el representante de
la MUD hubiera extendido sus condolencias al PSUV por la muerte de
Serra, lo insultó con el epíteto de “basura”. Así no mas. Como si nada.
Fue en ese momento cuando ‘Chuo’
Torrealba mostró toda su clase política. Podría haber calificado de
cobarde a Maduro pues este lo insultó guarecido detrás de sus esbirros,
no cara a cara como hacen los hombres de verdad. Muchos esperaban esa
reacción. Pero Torrealba no contestó con otra agresión. Por el
contrario: intentó entender, casi de un modo psicoanalítico, la indigna
ofensa de quien ejerce el cargo presidencial. Dejó en claro, además, que
Maduro está desesperado, muerto de miedo. Que mientras el país se hunde
en una crisis económica sin parangón, el mandatario busca destruir la
política con sus palabras de odio persiguiendo el objetivo de
reemplazarla por una confrontación violenta, es decir, por la anomia
total. Maduro es definitivamente una víctima de sí mismo. O de su propia
anomia. O quizás de Cabello, digno sucesor, no de Hugo Chávez sino de
Mario Silva, el injurioso de La Hojilla, el predicador de la anomia final.
La verdad, mirando desde lejos el
panorama venezolano, uno termina por llegar a la conclusión de que
derrotar políticamente al gobierno de Maduro será una tarea fácil
comparada con la inmensa tarea que significará devolver al país el don
del habla, el discurso político, el imperio de la ley y la práctica
diaria de la decencia cívica.
***
Nota: Sobre el concepto de anomia ver:
Durkheim, Emile, La división del trabajo social, Ediciones Akal, Madrid 1987
Durkheim, Emile, El Suicidio, Ediciones Akal, Madrid 1989
Durkheim, Emile, La división del trabajo social, Ediciones Akal, Madrid 1987
Durkheim, Emile, El Suicidio, Ediciones Akal, Madrid 1989
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