Muchas son las semejanzas entre lo sucedido en Francia durante los años
que precedieron al estallido de la Revolución francesa y lo que hoy se vive en
Venezuela.
En los últimos años de la década de los ochenta del siglo XVIII las
finanzas públicas de Francia estaban en bancarrota. Los gastos habían aumentado
exageradamente y llegaron a superar los ingresos en más de 20%, lo cual generó
grandes necesidades de financiamiento para cubrir los crecientes déficits. Eso
hizo que la deuda del reino se disparara y que los pagos de intereses y de
capital de esas obligaciones llegasen a absorber más de la mitad del
presupuesto. Otros gastos, como el militar y el de la corte, eran intocables y
crecían sin cesar, haciendo que los recursos que podían ser asignados a la
educación, la salud y la asistencia social fueran cada vez más limitados. La
masiva inyección de dinero creada por el creciente déficit contribuía a generar
una inflación cada vez más intensa, la cual se exacerbaba por una creciente
escasez de alimentos que llegó a niveles críticos en 1788 debido a la pésima
cosecha de ese año. Eso hacía que cada vez fuera mayor la acumulación de
personas haciendo colas interminables para comprar cualquier cosa, por exigua
que ella fuese, y era común la frustración de muchos al no conseguir nada que
comprar, o no poder pagarlo a los altos precios existentes.
Era obvia la necesidad de subir los impuestos y racionalizar el gasto
público, pero el indeciso Luis XVI no se atrevía a hacerlo por temor a la
reacción de los miembros de la corte. Ante esta situación, Jacques Necker, el
eficiente ministro de finanzas, insistió en la necesidad de convocar los
Estados Generales, una representación nacional y popular, con el fin de que
fuera esa la instancia que decidiera las reformas fiscales a hacer, y
repartiera las cargas equitativamente entre las distintas clases sociales. Las
reformas propuestas, sin embargo, fueron rechazadas por Luis XVI cediendo a
presiones de sus allegados, y en particular de su esposa, la odiada reina María
Antonieta. Ello llevó a la destitución de Necker y a la exasperación popular
que produjo actos de violencia en toda Francia, destacando la toma de la
Bastilla el 14 de julio de 1789 y la marcha sobre Versalles a comienzos de
octubre de ese año. Se daba así inicio a la Revolución francesa. Como bien
dicen Carl Grimberg y Ragnar Svanström en suHistoria universal: “La
Corona necesitaba dinero y el pueblo tenía hambre de pan, y de este modo se
conjugaban los dos resortes determinantes de un movimiento revolucionario”.
Las
absurdas políticas económicas que se han implementado en Venezuela en lo que va
del siglo XXI han generado enormes desequilibrios que han hecho que el déficit
del sector público equivalga a más de 20% del PIB, que el BCV haya creado una
masiva cantidad de dinero inorgánico para financiar parte de aquel enorme
déficit y que la deuda gubernamental haya aumentado intensamente. La
destrucción del aparato productivo interno, debido al hostigamiento del
gobierno y a las injustificadas expropiaciones, ha hecho que cada vez se
dependa más de las importaciones para satisfacer la creciente demanda, compras
externas, sin embargo, que tienen que hacerse con divisas que son cada vez más
escasas, particularmente ahora que se derrumban los precios del petróleo y que
la producción de hidrocarburos y de refinados declina inexorablemente. Todo lo
anterior ha generado inflación y una descomunal escasez que hace que los
venezolanos formen colas interminables para comprar poco o nada, o tengan que
pagar lo que necesitan a precios exorbitantes en el mercado informal. Todo esto
sucede ante la inexplicable inacción de un gobierno indeciso que no actúa para
afrontar los desequilibrios existentes. Me pregunto, ¿no se están conjugando en
Venezuela los resortes determinantes de un movimiento revolucionario, o si se
quiere, contrarrevolucionario?
Vía El Nacional
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