Armando Durán
El gran
titular del diario El Universal del miércoles pasado anunciaba
la buena nueva. “Chavismo y oposición: Hay que avanzar hacia el diálogo”. En el
sumario de la información se añade que el presidente de Copei, Roberto
Enríquez, y el diputado del PSUV, Germán Ferrer, coinciden en señalar que
“están dadas las condiciones” para el entendimiento político” entre el Gobierno
y la oposición. Horas después, Jesús Chúo Torrealba ampliaba la noticia: Ramón
Guillermo Aveledo regresaba a la MUD para encargarse de las relaciones
internacionales de la alianza y su primera tarea como canciller en las sombras
sería buscar apoyo de los gobiernos de la región para facilitar el dichoso
acuerdo con Nicolás Maduro.
Se trata
de un tema demasiado peligroso para dejarlo pasar así como así, a la ligera,
como si viviéramos en una democracia casi perfecta. Por supuesto, ya sabemos
que no es así. También sabemos que el diálogo es el fundamento esencial del
civismo y la democracia, y que lo contrario es la violencia y la dictadura.
Nadie nos lo tiene que recordar. Pero también nos acordamos que fue Hugo Chávez
quien popularizó el tema en 2002, con la intención de apagar los incendios de
abril y diciembre. “O nos matamos o nos entendemos”, había advertido José
Vicente Rangel en el momento más oportuno, y los partidos de oposición,
perdidos en su orfandad, encontraron en la oferta de Rangel y en la Mesa de
Negociación y Acuerdos que Chávez logró armar con la complicidad de César
Gaviria y Jimmy Carter, una vía muy propicia para medio recuperar la ficción de
un protagonismo perdido irremediablemente en la década de los ochenta. De
aquella tortuosa maniobra surgió la Coordinadora Democrática; tras su
inevitable colapso, la MUD.
Lo que
pretenden el régimen y esta oposición “bien-pensante” desde entonces es lo que
en francés se llama cohabitación y en español contubernio, un mecanismo
habitual de entendimiento político, pero exclusivo de regímenes parlamentarios,
cuando el jefe de Estado representa a un partido y el jefe de Gobierno a otro.
No es ese, por supuesto, el caso de Venezuela. Mucho menos en la crítica
situación actual, porque desde hace 15 años el régimen ha venido rompiendo
gradualmente el pacto social asentado en la Constitución y lo ha sustituido por
la permanencia indefinida en el poder de una excluyente corriente política, el
chavismo, que sencillamente no admite la existencia de los otros y ejerce el
poder, alcanzado originalmente en democracia, de manera cada día más
totalitaria. En situaciones como esta, el diálogo para establecer un
entendimiento político entre el gobierno y la oposición sencillamente se
convierte en otra cosa. Como ocurrió en febrero, cuando la MUD se sentó a la
mesa servida en Miraflores con la intención de desmovilizar la protesta
estudiantil que se había iniciado en los campus de la ULA en Mérida y San
Cristóbal, conflicto por cierto, en el que debemos buscar la causa del
enfrentamiento de candidatos no chavistas en las elecciones estudiantes en
aquel centro de estudios.
Si ahora
vuelve a hablarse de diálogo, es porque de nuevo el gobierno se siente
acorralado por la magnitud de una crisis que desde hace meses lo desborda en
todos los frentes y que ahora, con la abrupta caída de los precios del
petróleo, amenaza seriamente hasta la estabilidad del régimen. En este punto
incierto del proceso, ¿cómo debemos interpretar la obsesión de los mismos de
siempre de entenderse políticamente con un gobierno que la mayoría de los
ciudadanos considera inservible y opresor, como un acto de inteligente y sana
democracia, o como simple y vergonzoso colaboracionismo?
Vía El
Nacional
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