Thursday, November 20, 2014

Los verdaderos sobrevivientes de Venezuela

En: http://konzapata.com/2014/11/los-verdaderos-sobrevivientes-de-venezuela/

Tal como lo señala Axel Capriles, nuestro sobreviviente es el pícaro, el pájaro bravo, o más recientemente el pran que se la sabe todas y puede conducirse adecuadamente en los procelosos terrenos de la corrupción y el crimen.


Por Ezio Serrano.- 

Entre la razón  calculadora  y  la primacía de los instintos  existe un débil  hiato, pero en éste cabe perfectamente  el infierno. El sobreviviente  venezolano  navega de orilla en orilla, de la razón al instinto. Puede hacer el cálculo frío y meditado para estimar los pasos apropiados que habrán de salvarle, pero lo puede guiar en su actuación  el más feroz  instinto animal, el de la sobrevivencia. Este modo peculiar de ser y actuar  lo diferencian radicalmente  de otros sobrevivientes, en otras circunstancias y en otras latitudes. Como  ejemplo de tales diferencias podemos citar los trabajos del psicoanalista  W. Niederland quien al estudiar a las víctimas de la persecución nazi, encontró  un conjunto de manifestaciones patológicas  que se repetían en medio de las diferencias también existentes  entre los diversos sujetos.  Tales rasgos comunes le llevaron a  considerar el llamado  síndrome del sobreviviente: temor y ansiedad frente a la muerte, auto culpa por lo ocurrido, el embotamiento emocional y la búsqueda de explicaciones y significados  relativos al desastre vivido. Son algunos de los rasgos que padece el sobreviviente típico, que como veremos no necesariamente coinciden con el sobreviviente venezolano de la actualidad.
a.-¿A qué sobrevivimos?
Y por allí se  cuelan  las diferencias, pues el  síndrome del sobreviviente típico se incluye clínicamente entre las patologías asociadas al trastorno por estrés postraumático lo cual supone un acontecimiento en la vida del sujeto que lo ha llevado a experimentar una enorme excitación psíquica en un tiempo relativamente breve y sin la posibilidad de evacuar o controlar la carga emocional derivada. La sociedad venezolana en cambio, sobrevive al colapso del modelo rentista ocurrido ya desde los años 80´del siglo pasado. El chavismo  procuró  revivir aquel modelo con la revolución bolivarista  pero  hoy sucumbe, quizá  de manera definitiva, dejando las secuelas de una conmoción social, una sociedad aplastada por la incertidumbre. Sobrevivimos  por lo tanto, no a un acontecimiento puntual, transitorio o de corto plazo. En realidad estamos presenciando la decadencia sostenida ya por décadas, de una sociedad que se niega a buscar un modelo productivo sustentable. En este contexto, sobrevivir es aferrarse  a los escombros de un modelo sin futuro pero ya conocido. Pretendemos  minimizar la incertidumbre que el  cambio supone, se opta por navegar en aguas conocidas y se evade el reto de construir una sociedad mejor. A su modo, los distintos sectores sociales procuran definir su propia zona de confort  bajo la estúpida premisa de conservar los restos de un pasado consumista subsidiado  por el petróleo: un trozo de su ficción de modernidad.
Sólo frente a su feligresía, el gobierno logra disimular la tragedia actual del país: con la   industria privada casi desaparecida  y  la producción nacional a niveles ruinosos, sólo queda una fuente a la cual acudir para no sacrificar aspiraciones básicas de consumo. Son los escombros  del modelo rentista y a estas alturas de la tragedia, sólo el gobierno y su tipo de cambio artificioso pueden proveer  desde el papel higiénico hasta la línea blanca, pasando por las medicinas.  De otro modo, la inflación venezolana se hermanaría con la ya vivida en el cono sur en los años setenta y ochenta del siglo pasado. El manto protector petrolero tiende a correrse y nos deja desnudos.
b.- Con el perdón de los canes, el perro callejero
El sobreviviente venezolano al no estar afectado por un acontecimiento súbito, ha tenido tiempo para establecer una estrategia aunque racional,  no menos perniciosa de sobrevivencia. Pero no por ello se aleja de lo instintivo (la sobrevivencia se funda en un poderoso instinto). A caballo entre lo racional y los instintos, el venezolano se transfigura en perro callejero: si hay  alimentos, se come,  si no están a la mano, se buscan sin importar fórmulas o métodos. Hoy mordemos acá, mañana lo haremos allá.  Todo vale, desde la simulación del ruego pedigüeño, hasta la dentellada feroz, pasando por cualquier acción hasta delictiva. La ley es justa sólo si nos  favorece. No es la vida del perro como ideal del cínico griego pues este cultivaba la frugalidad, rechazaba la ostentación y confrontaba el poder. El sobreviviente venezolano soporta con estoicismo la escasez para luego regodearse en el consumo de lo hallado, lo exhibe, lo hace notorio. ¡¡He aquí el resultado glorioso de 6 horas de cola!! Lo anima el principio freudiano del placer, por ello sufre hasta la humillación si al final encuentra la recompensa o el objeto que le dará placer. Su relación con el poder es instrumental y acomodaticia: lo mejor es procurarse los beneficios asociados al poder, lo contrario es para los pendejos.

[El profundo egoísmo que anima la existencia del sobreviviente nacional le conduce a la construcción de su propia trampa letal].


Entre Tánatos y Eros, se queda con el segundo porque Tánatos supone el principio de realidad y la realidad intoxica. Es por lo tanto evasivo y presentista: vive al día, mañana se verá. Si el sobreviviente típico experimenta “la culpa por lo ocurrido”,  el venezolano no se culpa de nada, su instinto de sobrevivencia le sirve para justificarse ante todo sin experimentar culpa. Un rasgo psicopático a todas luces. Si el sobreviviente típico experimenta ansiedad y es impresionable por la idea de la muerte,  el nuestro en cambio la trivializa y banaliza,  al menos hasta que le toque muy de cerca. ¡A nadie le gusta que le puyen los ojos! La búsqueda de respuestas racionales que angustian al sobreviviente típico se convierte en frivolidad y evasión para el caso venezolano. El profundo egoísmo que anima la existencia del sobreviviente nacional le conduce a la construcción de su propia trampa letal. La vida de perro callejero y el despliegue de su instinto (en cualquier ámbito social) lo convierten en enemigo de su prójimo. Que se piense  sólo en la llegada de la leche al auto mercado y ya se podrá imaginar de lo que es capaz un perro callejero por su alimento.  Y si esto aún no convence, que se viaje en el Ferrocarril del Tuy en hora pico. El resultado final es un sujeto inepto para construir tejido social, organización comunitaria y formas diversas de tolerancia.  El sobreviviente venezolano sólo puede buscar su propia sobrevivencia. Es el triunfo de la barbarie, de la jungla y allí  como se sabe, nadie está seguro.
c.- El pícaro, el verdadero sobreviviente
Ocupados en sobrevivir, los  venezolanos de hoy  vamos dando nuestro aporte a la construcción de nuestra propia jaula.  Como los cubanos, por décadas ocupados  en rendir la tarjeta de racionamiento, los venezolanos hoy  vivimos  azotados por la quincena. No hay tiempo para la comprensión  de nuestra propia realidad, tampoco para organizarse.  Cada quien en su ámbito vive su para sí.  La decadencia sostenida por décadas  nos  conduce al acostumbramiento y  a perder la perspectiva de la condición dramática de nuestra existencia.

[Tal como lo señala  Axel Capriles,  nuestro sobreviviente es el pícaro, el pájaro bravo, o más recientemente  el pran  que se la sabe todas y  puede conducirse adecuadamente en los procelosos terrenos de la corrupción y el crimen].


Las argucias entran en escena exhibiendo un optimismo pendejo  que a lo sumo sirve a la auto preservación. Probablemente la extensión por décadas  de una crisis  que ya devora  generaciones, le imprime la condición específica al sobreviviente venezolano.
Tal como lo señala  Axel Capriles,  nuestro sobreviviente es el pícaro, el pájaro bravo, o más recientemente  el pran  que se la sabe todas y  puede conducirse adecuadamente en los procelosos terrenos de la corrupción y el crimen. Reducidos al mínimo  los estrechos senderos del reparto rentista, el Estado se convierte en el  epicentro de la lucha por sobrevivir: desde allí se arrojan los mendrugos que permiten sobrevivir y que reafirman al prójimo como mi adversario, el enemigo a vencer, el que me disputa  el kilo de harina pan.
Las argucias del pícaro  se afinan  y se cubren con el ropaje de la legalidad: para nuestro sobreviviente,  lo legal o ilegal,  lo permisible  o lo delictual,  ni siquiera poseen alguna delgada línea que permita diferenciar su acción depredadora. El instinto de supervivencia se impone sobre cualquier dictamen de la razón, pero ello no evita que cada sobreviviente posea su infiernillo particular.  Sabido es que desde el poder se administra la salvación: el recuerdo, la reminiscencia del glorioso consumo y la vida barata que nunca hemos sido capaces de producir.

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