En: http://www.lapatilla.com/site/2014/11/17/carlos-alberto-montaner-pablo-iglesias-o-el-mentecato-ilustrado/
Carlos Alberto Montaner
Calma. No hay agravio. La etimología de mentecato es transparente.
Quiere decir “mente captada o capturada”. Me refiero a eso. Iglesias es
un joven político y politólogo español, chavista, que hoy tiene un
sorprendente poyo electoral en su país.
Pablo Iglesias, sin duda, es un mentecato ilustrado. Seguramente
tiene un cociente de inteligencia altísimo. Como el genial Mussolini,
que alcanzaba un puntaje de 175. El problema radica en qué ideas han
capturado tan prodigiosa mente. Las grandes cabezas pueden estar
pobladas de disparates que, cuando se mezclan con una actitud arrogante,
devienen en la terca insistencia en el error, en la negación de la
realidad y en el desprecio por los cerebritos de a pie. Suele ocurrir.
Las malas ideas, cuando se enquistan en neuronas privilegiadas, son más
dañinas.
¿Cuáles son las ideas madre –hay ideas madre como hay células madre–
instaladas en la descomunal sesera del profesor Iglesias que no le
permiten observar la realidad con ecuanimidad?
Son varias. La primera tiene que ver con la desmesurada fe en su
propia capacidad intelectual. Pablo Iglesias no conoce la duda. Predica
ex cátedra. Él y su tribu creen saber cuánto deben ganar las personas,
que precio justo deben tener las cosas y los servicios, cómo pueden
funcionar las empresas, qué deben producir para servir a la sociedad,
qué se debe poseer para alcanzar una vida feliz y digna, y en qué punto
el patrimonio acumulado se convierte en una injusticia que hay que
cercenar de un certero tajo fiscal. Prodigioso.
La segunda es también una cuestión de fe. Pablo Iglesias cree
fervientemente en el Estado-empresario que elabora alimentos, asigna
electricidad y comunicaciones, maneja el crédito y gestiona los ahorros.
Cree en el Estado redistribuidor de riquezas que extiende una pensión
a todas las personas por el mero hecho de vivir en el país (650 euros).
Cree en el Estado planificador que todo lo sabe, que conoce el presente
como la palma de la mano y es capaz de prever el futuro. Cree en el
Estado que castiga implacablemente (ama la guillotina de la revolución
francesa).
Cree que la riqueza se logra trabajando menos –35 horas a la semana—y
por un periodo más breve (60 años). Cree, en suma, que la prosperidad
se logra gastando, no ahorrando e invirtiendo, como ha hecho la tonta
especie humana durante miles de años. Maravilloso.
Pero lo interesante es que Pablo Iglesias ya ha puesto a prueba sus
ideas madre, precisamente en Venezuela, donde él y su grupo fueron
contratados para encauzar de diversas maneras el “proceso
revolucionario”, algo que hicieron durante ocho años a plena
satisfacción de la República Bolivariana –por eso los mantuvieron dentro
del presupuesto durante tanto tiempo–, tarea por la que cobraron nada
menos que tres millones setecientos mil euros: más de cinco millones de
dólares.
En ese periodo, de acuerdo con las memorias de la fundación Centro de
Estudios Políticos y Sociales (CEPS), que era la institución que
firmaba los acuerdos y recibía los dineros, Iglesias y sus allegados
ayudaron directamente a Chávez a fomentar su revolución desde el
despacho presidencial, a Telesur a crear y divulgar su propaganda, al
Banco Central de Venezuela a desarrollar su política monetaria, al
Ministerio del Interior a manejar sus prisiones (como en la que yace
Leopoldo López), al Ministerio de Trabajo a organizar sus pensiones, y
al Ministerio de Comunicación a no sé qué función exactamente, aunque
algún trabajo pudieron desplegar en el Centro Internacional Miranda,
dedicado al adoctrinamiento político comunista, a juzgar por las
palabras de Juan Carlos Monedero en su conmovido homenaje a Hugo Chávez,
en el que recuerda con tristeza la desaparición del Muro de Berlín, ese
monumento al estalinismo.
Es decir, Pablo Iglesias y sus amigos, de acuerdo a los consejos que
aportaban a tan amplio espectro gubernamental, en gran medida son
responsables del caos venezolano, del desabastecimiento que padece el
país, del desorden financiero, del aumento exponencial de la violencia,
del horror de las cárceles, de los atropellos a la libertad de
expresión, de la falta de inversiones extranjeras, del cierre de miles
de empresas, y hasta de la pulverización del Estado de Derecho al
proponer, presuntamente, la eliminación de la separación de poderes en
los cursillos de formación que les daban a los parlamentarios del
mundillo del socialismo del Siglo XXI.
Naturalmente, Iglesias y sus amigos de CEPS tal vez aleguen que esto
no es cierto, que nadie les hizo caso durante los ocho años que
asesoraron a los bolivarianos, o que los convenios, realmente, eran una
fuente de solidaridad revolucionaria, porque ellos apenas colaboraban,
aunque cobraban, pero, en ese caso, incurrirían en un delito semejante
al que hoy la justicia española les imputa a socialistas y populares:
financiación irregular de actividades políticas con fondos provenientes
del sector público.
Como me cuesta trabajo creer que Iglesias y sus amigos forman parte
de una casta corrupta, me inclino a pensar que, realmente, lo que hay
que imputarles no es un delito de fraude o peculado, sino un alto grado
de corresponsabilidad en el hundimiento de Venezuela, precisamente por
transmitirles a esos vapuleados ciudadanos las ideas y los conocimientos
equivocados.
En todo caso, es muy probable que Pablo Iglesias, Juan Carlos
Monedero y el resto del grupo, entiendan (como entendía Lenin) que las
revoluciones son así: dolorosas, y devastadoras, como corresponde a la
necesaria etapa de demolición del pasado burgués, lo que explica la
conformidad que muestran con cuanto sucede en Venezuela, postura muy
diferente, por cierto, a la del profesor méxico-alemán Heinz Dieterich y
a la del pensador norteamericano Noam Chomsky, quienes han denunciado
los excesos que convulsionan al país sudamericano.
¿Qué harían Pablo Iglesias, Monedero y sus amigos si tomaran el
control de España? A mi juicio, lo mismo que han contribuido a hacer en
Venezuela. ¿Por qué? Porque no son unos cínicos racistas que quieren
para España algo diferente a lo que aplauden en Venezuela. Quieren lo
mismo. Un Estado fuerte presidido por un grupo revolucionario decidido a
implantar el reino de la justicia a cualquier costo. Quieren acabar con
las estructuras burguesas que acogotan al proletariado, destruir los
podridos partidos políticos tradicionales, encarcelar a quienes se
opongan a la voluntad del pueblo y silenciar a esos medios de
comunicación que sólo representan los intereses de los propietarios. Son
mentecatos –sus mentes han sido capturadas por el error–, como les
sucede a todos los fanáticos, pero no hipócritas. Y son, además,
ilustrados. Esto agrava las cosas.
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