SOLEDAD MORILLO BELLOSO
| EL UNIVERSAL
viernes 21 de noviembre de 2014 12:00 AM
En este país, todos, con
independencia de estrato social, fuimos criados a punta de sancocho.
Pero henos aquí que ahora hemos pasado a ser parte del sancocho. Es
decir, nos hemos convertido en eso que antes se conocía como el recao de
olla. Hacen sopa con nosotros. Todo el asunto, así las cosas, es
cuestión de ollas. O, más bien, de quién es dueño de la olla, quién la
usa, quién está dentro de la olla, quién come de la olla y quien carga
con todo y olla.
Por ejemplo, en la Asamblea Nacional, 99 sancochadores llevan años haciendo sancocho con nosotros. Y 63 hacen esfuerzos por apagar la candela del fogón sobre el cual han colocado la olla. A los 99 la receta del sancocho les llega directamente desde unos palacios, uno que está en Caracas y otro por los lados de la tierra de donde dicen ser los cantantes. Ellos, los 99, siguen las instrucciones gastronómicas al pie de la letra. Hacen la señal de costumbre para aprobar la repartición del condumio en cuenquitos y sonoramente aplauden con sus aletas. Hacen lo que espera de ellos. Por ello son festejados y correspondientemente recompensados.
Los sancochados, a saber, nosotros, más conocidos como los ciudadanos del común no enchufados, hemos sido domesticados. Mansamente hacemos colas y aceptamos que nos monten en la olla. Cuanto mucho se escucha alguna que otra quejita queda. Nada que pueda espelucar a los sancochadores de oficio. Saben que, al fin y al cabo, son pataletas de sancochados. "Ya se les pasará", se dicen para ahogar cualquier mínima posibilidad de angustia que pudiera azotarles el alma. Cual siervos de la gleba, los sancochados somos así, de idiotas, de mensos. Tanto y tanto, que hasta agradecemos si conseguimos algo, lo que sea, al precio que sea. La cola se acepta como un hecho dado e inevitable. Como si fuera una nueva versión de las bienaventuranzas cristianas.
Se cuidan bien los sancochadores de lo que ocurra en la capital. Total, la protesta provinciana se diluye en el calorón, las carreteras y los discursitos de los gobernadores y alcaldes rojos rojitos cuya única función, sentido y propósito es justificar y rendir alabanzas al sancochador mayor. Y los medios, esos gritan un ratico, y ya. No existe sampablera que amerite acción. Ni cola que agarre primera plana.
El nunca bien ponderado ministro de Turismo anuncia que a la isla vendrán miles de turistas. Nadie sabe aquí qué van a comer y beber, o comprar, o cómo van a llegar. La isla está más pelada que rodilla e chivo y en las calles y centros comerciales rebota el eco. Los nativos y navegaos ya podemos imaginar el incremento en los cortes eléctricos (de dos horas diarias a quién sabe cuántas) y la desaparición del agua. El gobernador de la entidad anunció la llegada de varios containers, pero cuando hicimos una simple operación aritmética resultó que tocaba a cinco kilos por persona. Y en el medio de estas noticias, pues nos enteramos que hubo suspensión de clases en las escuelas por la realización de ese ejercicio de magia y sabaneo de unas elecciones internas del PSUV. Es tan salvaje, tan barbárico, tan inconstitucional, tan ilegal el asunto, que esta escritora de oficio no consigue frase para describir esta nueva sancochada.
Cambie el lector el tiempo del verbo haber que viene utilizando. Ya no es "no hay", es "no habrá". El sancocho e' gente continuará.
Por ejemplo, en la Asamblea Nacional, 99 sancochadores llevan años haciendo sancocho con nosotros. Y 63 hacen esfuerzos por apagar la candela del fogón sobre el cual han colocado la olla. A los 99 la receta del sancocho les llega directamente desde unos palacios, uno que está en Caracas y otro por los lados de la tierra de donde dicen ser los cantantes. Ellos, los 99, siguen las instrucciones gastronómicas al pie de la letra. Hacen la señal de costumbre para aprobar la repartición del condumio en cuenquitos y sonoramente aplauden con sus aletas. Hacen lo que espera de ellos. Por ello son festejados y correspondientemente recompensados.
Los sancochados, a saber, nosotros, más conocidos como los ciudadanos del común no enchufados, hemos sido domesticados. Mansamente hacemos colas y aceptamos que nos monten en la olla. Cuanto mucho se escucha alguna que otra quejita queda. Nada que pueda espelucar a los sancochadores de oficio. Saben que, al fin y al cabo, son pataletas de sancochados. "Ya se les pasará", se dicen para ahogar cualquier mínima posibilidad de angustia que pudiera azotarles el alma. Cual siervos de la gleba, los sancochados somos así, de idiotas, de mensos. Tanto y tanto, que hasta agradecemos si conseguimos algo, lo que sea, al precio que sea. La cola se acepta como un hecho dado e inevitable. Como si fuera una nueva versión de las bienaventuranzas cristianas.
Se cuidan bien los sancochadores de lo que ocurra en la capital. Total, la protesta provinciana se diluye en el calorón, las carreteras y los discursitos de los gobernadores y alcaldes rojos rojitos cuya única función, sentido y propósito es justificar y rendir alabanzas al sancochador mayor. Y los medios, esos gritan un ratico, y ya. No existe sampablera que amerite acción. Ni cola que agarre primera plana.
El nunca bien ponderado ministro de Turismo anuncia que a la isla vendrán miles de turistas. Nadie sabe aquí qué van a comer y beber, o comprar, o cómo van a llegar. La isla está más pelada que rodilla e chivo y en las calles y centros comerciales rebota el eco. Los nativos y navegaos ya podemos imaginar el incremento en los cortes eléctricos (de dos horas diarias a quién sabe cuántas) y la desaparición del agua. El gobernador de la entidad anunció la llegada de varios containers, pero cuando hicimos una simple operación aritmética resultó que tocaba a cinco kilos por persona. Y en el medio de estas noticias, pues nos enteramos que hubo suspensión de clases en las escuelas por la realización de ese ejercicio de magia y sabaneo de unas elecciones internas del PSUV. Es tan salvaje, tan barbárico, tan inconstitucional, tan ilegal el asunto, que esta escritora de oficio no consigue frase para describir esta nueva sancochada.
Cambie el lector el tiempo del verbo haber que viene utilizando. Ya no es "no hay", es "no habrá". El sancocho e' gente continuará.
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