Marcelino Bisbal
Existe un viejo mito africano, que refiere el filósofo y filólogo
venezolano J. M. Briceño Guerreo, que nos dice que Dios (Mawu) al tercer día,
una vez que el hombre ya había sido creado, le fue dada la mirada, el don de la
palabra y el conocimiento del mundo exterior. La palabra sirve para
comunicarnos, es su esencia. En ese sentido la comunicación es diálogo,
relacionamiento y convivencia social, además nos ayuda y autoriza a leer-releer
el mundo y todos sus fenómenos.
El especialista venezolano en psicología social Alberto Merani nos
plantea la idea de que “hablar es haber llegado a un grado determinado de
madurez neurológica y de integración social capaz de permitir la praxis y la
comunicación abstracta de la misma”. La cita de Wittgenstein es más clara: “Los
límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.
Si bien es cierto que el lenguaje no puede reducirse solamente a la
presencia de la palabra, en cuanto conjunto ordenado de signos para expresar
una idea o un contenido, sí es verdad que las palabras le dan sentido al lenguaje
lingüístico y con y desde ellas nos comunicamos. Porque el hombre se hace y
también se deshace en la comunicación. El hombre es hechura del lenguaje. El
poeta venezolano Rafael Cadenas hace una referencia personal, como él mismo
escribe, en la idea de que “emociona pensar que las palabras que yo pronuncio
son las mismas que pronunciaba, por ejemplo, Cervantes, o encontrar en sus
obras las palabras de mi infancia oídas tantas veces en boca de mis abuelos o
mis padres o compañeros de escuela o de juegos. El lenguaje está cargado hasta
los bordes de tiempo. Nos sumerge en el pretérito o nos lo trae a nuestro hoy.
Rezuma formas de vida por todos sus poros, y él mismo es forma”.
II
Valgan estas disgresiones conceptuales para referirnos a las palabras que
usa el poder que desgobierna hoy al país. Formas de expresión, de retórica, que
no dicen nada, que suenan huecas, que hablan siempre de un tiempo pasado y de
unos culpables –chivos expiatorios– por los males que nos aquejan. Su forma de
usar las palabras, el lenguaje, sus modos de comunicación, están referidas a
una manera de pensar y de ver al país y sus ciudadanos como objetos, como
hombres-masa a los que hay que reeducar porque están llenos de prejuicios, de
actitudes poco patriotas y además americanizadas y consumistas. Es el dogma
marxista convertido en mentalidad estalinista.
Esa retórica, convertida en el arte de la palabrería, se ha ido
transformando en publicidad como idioma cotidiano. No es casual entonces que la
publicidad oficial en sus distintas manifestaciones (gobierno, organismos
oficiales, etcétera) ocupe el primer lugar en inversión por encima de la
categoría de alimentos, sistema financiero y productos cosméticos.
Desde el Ejecutivo hacia abajo todos hacen gala de la misma retórica
hueca. No hay creatividad, no hay pensamiento. El juego del lenguaje se
convierte en un recetario de dogmas. Como bien decía ese gran cronista mexicano
que era Monsiváis: “El sectarismo ahoga la lucidez. La desintegración de su
causa los conduce a la invisibilización o el arcaísmo”.
III
La realidad se impone de manera tozuda. Todos los economistas, no
sabemos si el gobierno se habrá percatado de ello, nos refieren que en 2015 se
repetirá la historia de estos últimos meses: recesión, elevada inflación,
escasez galopante, devaluación acelerada del bolívar, alto déficit fiscal,
caída del ingreso personal, deterioro laboral, desplome de los precios
del petróleo, el ascenso astronómico del dólar paralelo…
¿Cuál es la receta que nos ofrecen? Hasta ahora más de lo mismo:
palabrería y más palabrería. Ni el abusivo uso de las cadenas presidenciales
–según IPYS, “en lo que va de 2014 se han transmitido 8.460 minutos de cadena,
lo que equivale a 141 horas de programación exclusiva dirigida desde el
gobierno. Esto corresponde a una cadena de programación absoluta en radio y
televisión durante casi 6 días continuos, es decir, casi una semana”– logra
detener la caída libre en la que se encuentra la gestión gubernamental. Sin
embargo, no lo ven. En estos días, gran mensaje publicitario en prensa, radio y
televisión nos dice: “5 revoluciones de la Revolución. Revolución económica y
productiva. Revolución del conocimiento. Revolución de las misiones
socialistas. Revolución política del Estado. Revolución del socialismo territorial”.
Y la publicidad cierra con esta convicción final: “Cada una de estas Cinco
Revoluciones son motores para cambiarlo todo y llevarnos por el camino de la
prosperidad, del avance, de la victoria y la paz”.
Eso es lo
único que se les ocurre proponer. Las palabras se suceden unas tras otras y
todas nos siguen hablando del futuro luminoso que está por venir, pero nada nos
dicen del presente ruinoso en donde estamos. Todo este des-orden en el que se
ha convertido el país nos recuerda lo que escribiera el novelista polaco Joseph
Conrad en El corazón de las tinieblas (1899): “Estaba escrito
que yo debería serle leal a la pesadilla de mi elección”.
Vía El Nacional
No comments:
Post a Comment