Julio Portillo
Cuando se analiza el pensamiento
político contemporáneo hay que concluir que el régimen venezolano toma
variables del fascismo y el populismo para aplicarlas a la actualidad.
El fascismo de Mussolini en la Italia de
1922 se caracterizó, entre otras cosas, por un nacionalismo autoritario
que decía no era ni capitalista ni socialista. Era un oligopolio de
alianza con algunos sectores económicos y bancarios, los grandes
favorecidos de aquella dictadura, que despreciaba la legalidad
institucional y terminó aliándose con el régimen más despótico de la
Alemania de Adolfo Hitler.
La Venezuela de Chávez y Maduro ha sido
la de un bolivarianismo autoritario y excluyente que se proclama
socialista marxista pero otorga privilegios a la clase en el poder y a
los colaboracionistas. Proclama la misma consigna de Mussolini “Nada
contra el Estado, todo en el Estado”. Quizás la característica que más
los asemeja es la utilización de las camisas pardas italianas y los
colectivos venezolanos, que arremeten contra quienes se les opongan en
nombre del gobierno con absoluta impunidad. Es la llamada dialéctica de
los puños y pistolas, practicadas entonces en “la noche de los cristales
rotos” o aquí en Venezuela este año en la llamada “salida” donde
estudiantes y civiles se enfrentaron al régimen militar que nos
gobierna.
Arnold Toynbee analizó a profundidad el
desafío y respuesta de las civilizaciones y muy concretamente un
fenómeno característico de América Latina: el populismo. Gobiernos de
expectativas falsas, espejismos y fantasías, despilfarradores,
manipuladores, con una retórica artificial. Se trata de regímenes que
mantienen a la clase pobre amarrada por regalitos, que atribuyen su
fracaso interno al imperialismo. Y se caracterizan además por gastos
improductivos, crecimiento de la deuda externa y afirmación del
nacionalismo.
No se necesita un análisis comparativo
para ubicar a la dictadura venezolana en esta corriente con un estilo de
liderazgo y la utilización de la historia y cierta ideología a su
favor.
Toynbee decía que “El mayor castigo para
quienes no se interesan por la política es que sean gobernados por
personas que sí se interesan y que el momento correcto para empezar no
es mañana o la próxima semana, es ahora”.
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