En: http://prodavinci.com/2015/03/04/artes/margarita-era-una-feria-por-federico-vegas/
Federico Vegas
Voy a centrarme en una de las ideas que nos ofreció Francisco:
“Para quienes
visitan Margarita, el mar es un obstáculo. Para el margariteño, en
cambio, el mar es una continuidad: simplemente llega a la orilla, se
embarca y sigue su camino tan tranquilo”.
Esa imagen de un mar que no te confina,
sino que te engrandece, nos asoma a una ecuación que todo lo expande.
Todas las islas comparten esta característica esencial, de manera que
sin importar sus tamaños, siempre serán un mundo aparte.
Tan patria es Margarita como Aruba o Curazao, Cuba o Australia.
Alguna vez escribí que Suniaga era un
escritor “natural”. Hoy debo agregar: “natural de Margarita”. Esta
condición ayuda a explicar la emoción y el desconcierto que causó la
aparición de La otra isla, su primera novela. No todos
comprendieron la verdadera dimensión que Francisco desarrolla en ella.
Algunos pensaban que se trataba de una trama rural que ocurre en el
interior de Venezuela, pero resulta que ya lo rural no existe y
Margarita es mucho más que el interior de Venezuela.
Margarita no es una provincia: es otra nación.
Cuando uno piensa en los andinos de
Venezuela se está refiriendo a un territorio donde se mezclan merideños,
tachirenses y trujillanos. Igual ocurre con los llaneros, los
centrales, los guayaneses y los orientales. También al pensar en esa
potencialidad que son los maracuchos estamos incluyendo algo que abarca
mucho más que Maracaibo. Pero cuando hablo de los margariteños viene a
mi mente un territorio preciso donde lo pequeño se hace grande al estar
rodeado, como propone Suniaga, de esa inmensa continuidad que es el mar.
La isla tiene costas pero no fronteras y su aislamiento es la medida de su grandeza.
Esa cualidad, que tanto me ha costado
entender, asumir, explorar, le otorga a Margarita una identidad
definida, expansiva y plena, capaz de irradiar su fuerza hasta hacerla
universal.
No hay mejor formación literaria que
nacer en un pueblo y terminar en una ciudad. Entender los misterios
urbanos toma unos cuantos años, mientras que los de un pueblo solo los
comprende quien nace en su seno.
Yo siempre envidié los cuentos de Ramón
Paolini sobre su infancia en Carache, pues sentía que la vida le había
entregado un tesoro al cual yo jamás tendría acceso. Cuando escucho los
de Suniaga advierto que hay algo más. Y es esa sensación de asomarme a
un interior que, al mismo tiempo, es un exterior; a un país que es el
mío, pero donde a medida que me adentro voy asomándome a otra realidad; a
un territorio tan cercano como remoto, tan propio como único, a otra
isla que amenaza con hacerse infinita. La Asunción, que desde mi
perspectiva caraqueña es apenas un pueblo, a medida que la recorro va
creciendo, desplegándose, haciéndose cada vez más ciudad. Las historias
sobre Margarita que Suniaga me contaba en Caracas, al continuarlas en la
isla, van urdiendo redes más complejas y pronto están a punto de
convertirse en novelas.
Ésta es mi única explicación para el fuerte jetlag que estoy sufriendo, luego de mi reciente regreso a Caracas, después de un vuelo de apenas 33 minutos.
Al día siguiente de la apertura acudí a un último encuentro en El Faro de la Zamora,
un restaurante en Porlamar donde probé un desayuno mejor que el de mi
Primera Comunión. Esa mañana habría música, bellísimos boleros, y
Suniaga hablaría sobre su obra ante un público de íntimos amigos.
Cuando todo el local estaba bajo su
encantamiento, Francisco me invitó a participar y hablar de mis libros.
Apenas me levanté y caminé hacia el micrófono, me percaté de un grave
inconveniente. Siendo el ordinario turista que soy, andaba en pantalones
cortos, una prenda que me alebresta lo infantil y lo ridículo, así que
sólo me atreví a contar una anécdota que guardo para las situaciones
engorrosas:
— Estando una vez en
Venecia, tuve la suerte de conocer a Teresa Foscari, llamada “La
Condesa Roja” porque era condesa y comunista, una combinación que le
encanta a los italianos. Teresa una vez nos confesó: “Lo único que
lamento de haber nacido en Venecia es que nunca la vi por primera vez”.
Yo los envidio a todos ustedes por haber nacido aquí, aunque tenga el
consuelo de sentir que contemplo a Margarita por primera vez cada vez
que bajo por la escalerilla del avión.
A continuación le recordé a Suniaga su
condición de Pregonero, de dueño absoluto del micrófono, y pude volver a
sentarme. Fue un acierto, pues Francisco habló extensamente sobre una
obra que nació de un argumento jurídico que a su vez nació de una
fantasía: la posibilidad de que Margarita, por una serie de variantes
históricas, hubiese terminado siendo una República independiente. Ése es
el tema de la estimulante fábula que va desarrollando en Esta gente, su última novela. En mi próxima visita llevaré, por si acaso, el pasaporte.
Poco después llegó la hora de salir al
aeropuerto y partí justo cuando comenzaba lo mejor de la fiesta. Mi
primo Andrés Simón Herrera, margariteño ungido por su arquitectura
construida y feliz matrimonio, me contó que entre Cheo González y las
canciones del cantautor Alexis Real, un cirujano al que hay pegarle con
un martillo para que cante y con una mandarria para que deje de cantar,
condujeron lo que se inició como un desayuno hasta las altas horas de
una noche celestial.
Volando a Caracas me arrepentí de no haber aprovechado la oportunidad en El Faro de la Zamora
para contar todo lo que me ha significado el ejemplo de Francisco, su
perspectiva, su manera franca y natural de narrar, de atender a los
latidos de su pasado, de mantenerse atento a las voces de su isla. No
importa, ya habrá otra ocasión y espero que estas líneas cubran en parte
la oportunidad perdida.
Había algo más que estaba por resolver y
es esa noción de independencia que aún me da vueltas sin asentarse.
Dios nos libre de que alguna vez Margarita se separe de Venezuela. Una
cosa es que Margarita sea independiente y otra muy distinta que alimente
con su espíritu de independencia a esa tierra firme que ahora le ha
dado por temblar de miedo, como una mujer continuamente agredida.
Me pregunto cuál será el antónimo a eso de “tierra firme”. ¿Será quizás “tierra que navega feliz en el mar Caribe”?
Ya más repuesto y soñando con el
regreso, comienzo a entender la razón de mi segunda conversión. Viviendo
en una patria sometida y abatida por una pandilla de tiranos
insaciables que se pegan como mierda en chinchorro, he perdido la
conexión con mi tierra, un cable que necesita de un sentido histórico y
una cierta lógica entre las acciones y las reacciones. Estaba ávido de
reencontrar el amor por mi país y la certeza de sentir su
correspondencia. Entonces apareció Margarita, mi otra Venezuela, y se
convirtió en esa última oportunidad que Dios le concede a los caballos
viejos.
Esos baños al amanecer en un mar que se
ha ido haciendo mío mientras voy aprendiendo a navegarlo con pericia y
felicidad, me ayudarán a mantener encendida mi pasión, cada vez con mas
fe y conciencia de que toda literatura se inicia con un dedo en el polvo
de nuestra propia tierra
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