Wednesday, March 4, 2015

Margarita era una feria (I)

Nota del Blog: Por la extensión de este artículo, lo publicaremos en dos entregas sucesivas, ésta y la que sigue.

En: http://prodavinci.com/2015/03/04/artes/margarita-era-una-feria-por-federico-vegas/

Federico Vegas

“Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven,
luego París te acompañará vayas donde vayas, por el resto de tu vida”
París era una fiesta, Ernest Hemingway

He tenido dos conversiones tardías: una religiosa y la otra vamos a llamarla patriótica, ambas muy semejantes a esos súbitos arranques de viejo que siempre resultan peligrosos. La primera nació de una emocionada pasión por las palabras del Papa Francisco; la segunda de un amor creciente por la isla de Margarita.
Desde que leo lo que anda pregonando el Papa, algo en mi vida está cambiando. Hace poco decidí buscar en los Evangelios la escena donde están a punto de apedrear a la mujer adúltera, pues una amiga sostiene que esa pecadora era María Magdalena pero yo recordaba una mujer sin nombre. Cuando abrí la Biblia para ver quién tenía razón, sentí un sospechoso temblor en las manos que me preocupó. “¿Qué te está pasando?”, me pregunté, como si mi agnóstica sensatez necesitara un llamado al orden. Esa misma tensión me hizo leer con mayor atención y encontrar algo mucho más importante que el punto en discusión: antes de pronunciar su famosa frase “Quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra”, Jesús se inclina y comienza a escribir algo en la tierra con un dedo.
Entiendo que es éste el único episodio en que Jesús escribe algo. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué escribió? La hipótesis más simple es que anotó un nombre cualquiera y cada uno de los asistentes, creyendo que era el suyo, soltó la piedra que sostenía al sentirse aludido y consciente de su propia vida. Una lástima que en el polvo sea tan fácil escribir como borrar, porque de lo trazado por Jesús no ha quedado el menor rastro.
He citado este enigmático ejemplo literario, que también pudo haber sido un brevísimo poema capaz de salvar una vida, porque en este mismo ensayo hablaré de la Feria Internacional del Libro del Caribe, en Margarita, mientras voy explicando mi enamoramiento por la isla en mi reciente visita. Los síntomas de la segunda conversión comenzaron hace un par de semanas, al bajar de la escalerilla del avión. Francisco Suniaga escribió en La otra isla que desde esa altura se pueden contemplar los cerros de Macanao. Ya nos contó también que un lector escrupuloso, y sin ninguna piedad con los juegos de la ficción, le señaló que tal visión es imposible. A mí me bastó para emocionarme sentir en esa misma escalerilla la sensación de un aire nuevo, colmado de un calor cuya calidez eriza los pelitos de mis antebrazos.
Debe ser que estaba reencontrándome con mi padre, pues Margarita era su lugar preferido en el mundo y papá era un viajero incansable. Otra posibilidad es que tengo de vecino al mismo Suniaga, quien me ha ido conectando con una Margarita profunda, seductora.
Las posibilidades de que dos novelistas vivan en un mismo edificio es mucho menor a la de dos odontólogos o un par de empresarios de circo. Desde mi apartamento puedo ver la terraza del suyo en planta baja. Al día siguiente de llegar me asomé al balcón muy temprano y lo vi lavando unas cavas. Entonces le dije sin necesidad de gritar:
— Francisco, cuando estemos viejitos y me pregunten: “Usted que lo conoce desde hace tantos años, ¿cuál cree que haya sido su principal cualidad?”, voy a exclamar sin pensarlo dos veces: “¡Hacendoso!”.
Fue un buen comienzo.
Al segundo día fuimos a desayunar arepas donde los Hermanos Moya. Al sentarme y respirar la atmósfera de epicentro, amistad y buenos guisos, solté una frase que no causó mucha gracia:
— En este país hay tarantines que se convierten en una institución, como la de los Hermanos Moya. Y hay instituciones que se convierten en un tarantín, como…
Margarita era una Feria; por Federico Vegas 640ALa posible lista es tan larga que no me decidí y la frase perdió impacto. Pero debo decir que si en la Asamblea Nacional se respirara la concordia, espíritu de servicio y honesta efectividad que percibí esa mañana, el país andaría mejor.
Lo insólito es que nos brindaron las arepas. Yo pensé que a Francisco nunca le cobraban, pero no: se debe a que, como les decía, la suma de dos escritores es demasiada coincidencia e incita cierta piedad.
Y es que en verdad merecemos algo de caridad. A veces me invitan a dar charlas en lejanas ciudades del interior y nunca tocan el tema del pago. Ni siquiera el del transporte y los viáticos. Le conté mis pesares a mi esposa y me dijo que la gente jura que los escritores son como los sacerdotes, a quienes el sacrifico los santifica y, cuando son solicitados, agradecen que la gente ande por el buen carril.
Habrá que proclamar que no somos corderos ni pretendemos redimir los pecados del mundo.
Yo estaba en Margarita de retiro, enclaustrado, sin Marta, sin Internet y sin teléfono, para ver si con largos y fríos baños de mar en las mañanas lograba arrancar las primeras páginas de una novela y, luego, esas mismas páginas ya se encargarían de empujar a las demás. La inspiración hidropónica no funcionó del todo, pero sí tuve la suerte de coincidir con el arranque de la Feria del libro y no aguanté las ganas de asistir a la inauguración.
 
Suniaga es el pregonero de la Feria (personaje que anuncia a viva voz el valor del libro). Era lógico que lo fuera un escritor margariteño que ha alcanzado niveles tan telúricos que no me extrañaría si llega a ser una figura de yeso en los nacimientos de La Asunción. La mejor definición de su penetración en la conciencia de la isla me la dio mi tío Leopoldo, margariteño por mérito de su amor y perseverancia. Un día le pregunté si había leído a Suniaga y me contestó con mucha seriedad:
— Quien no lea a Francisco no quiere a su mamá.
La apertura de la Feria fue un acto de tanto protocolo que una coral cantó el Himno Nacional y el de la Isla (habría que prohibir imponer semejante suplicio a tan jóvenes cantores). Además del pregón del pregonero, dio un discurso otro escritor con estampa de sacerdote, Antonio López Ortega, un soñador con los pies en la tierra que tuvo la idea y las agallas de iniciar algo que parecía imposible. Y lo logró. El evento tenía tanto espíritu fundacional que parecía la primera feria del libro que se hacía en el país. Ciertamente no lo es, pero estoy seguro de que se está iniciando algo que nos va a sorprender.
Yo suponía que en la tarima Antonio sería el serio, el académico, y Francisco el divertido, el anecdótico. Pero resulta que se invirtieron los papeles: López Ortega estuvo evocativo y conmovedor, mientras mi vecino hizo una documentada y triste historia de una isla donde los libros fueron durante mucho tiempo tan escasos como poco solicitados; una limitación que bien puede ser una bendición al convertir la lectura en un acto heroico y solitario, que es como genera mejores efectos.
Yo quedé desconcertado y preocupado ante tanta circunspección, como cuando a un amigo le da una súbita depresión. Pero esa misma tarde, en una cautivadora entrevista con Fernando Escorcia, mi amigo volvió a ser el de siempre y en su versión más iluminada, bucólica y poética.

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