Por Alonso Moleiro
En términos históricos, la relación del país con el chavismo como proyecto de poder parece estar llegando a un embudo. Como cualquiera podría haberlo imaginado, la prolongación de la actual dirigencia en el gobierno ha causado una especie de corto circuito en el sistema nervioso nacional; un caos absoluto que toca la vida cotidiana de todos.
El gobierno tiene entre sus manos un
absurdo cambiario que no encuentra cómo resolver. Descoyuntada la
relación con las divisas extranjeras, se ha acumulado un grave volumen
de deudas y se han roto parte de las cadenas productivas y de
comercialización. Los trastornos ocasionados a la industria nacional nos
hacen más dependientes del petróleo, y su precio ahora ha descendido de
manera brusca. Nuestra dependencia del exterior en materia económica es
uno de los eslabones más débiles del país desde el punto de vista
estratégico. Con esto, en Venezuela la cotidianidad es un infierno
desde cualquier punto de vista y desde cualquier clase social.
Ahora que no hay dinero, las máculas de la actual gestión comienzan a brotar, purulentas, frente a toda la sociedad.
No se trata exclusivamente de que
estamos en una crisis económica. Venezuela lleva demasiado tiempo mal,
con o sin crecimiento del Producto Interno Bruto. Promoviendo
invasiones, fomentando tomas, justificando excesos, desregulando normas,
irrespetando pactos, confiscando bienes, expropiando empresas,
comprendiendo al hampa, comprando motos, trayendo armas, el chavismo ha
terminado por construir una sociedad horrible, violenta y paranoide, el
escenario natural de la triangulación y el ilícito, pozo en el cual se
larvan proyectos criminales que han tomado todos los caminos del país.
La corrupción y la doble moral que fomenta el chavismo desde el poder ha
necrosado todas nuestras instituciones, muy especialmente al Poder
Judicial, rama del poder público tutelada, que subsiste en un contexto
de libertad condicionada por el Palacio de Miraflores.
Como nunca antes, las providencias, los
procedimientos administrativos, el manojo de normas, la excepción
burocrática, expresada en instrumentos como el control de cambios, ha
pervertido por completo al gobierno y a buena parte de la sociedad. El
gobierno tiene sometido al empresariado a un continuo proceso de
extorsión. El morbo de la corrupción, tan denostado en el pasado, aquel
que se fustigaba en los programas televisivos de denuncia que ya no
existen, reaparece hoy, más fuerte que nunca.
Aquel que, en algún momento de estos 15
años, haya suspirando cavilando reflexiones del tipo “¿y esto en qué irá
a parar?”, ya se puede dar por respondido. Esto “paró” en la infernal
Venezuela que tenemos a nuestros ojos. De la mano de su líder, el
chavismo tuvo para sí un tiempo histórico que pudo aprovechar,
alimentado con dinero y votos, con una legitimidad social y cierta
eficiencia política. Ese modelo ahora ha colapsado por completo. El
líder ha fallecido; no hay caudillo al cual empotrarle la masa para
completar la ecuación con el ejército. El diagrama de poder, sin Hugo
Chávez, se ha desdibujado por completo. Entramos en la zona de la
crisis, con el boquete infernal de la inflación escupiendo chispas, sin
divisas, y con un Presidente que no está preparado para atender la
contingencia.
La implosión del chavismo es un hecho
fácilmente comprobable y hoy constituye el signo más visible de este
tiempo. Se expresará en términos electorales. Sobre esa marea podrá
gestarse el salto definitivo de la oposición democrática para plantearle
al país la existencia de una nueva voluntad.
Eso no quiere decir que el gobierno va a
entrargar el poder el mes que viene, ni que no le queden recursos por
agotar. El tiempo histórico tiene una dimensión diferente al tiempo
personal. El arma más efectiva que le va quedando a Maduro es la que
está a la vista: reprimir. Poner al país a pagar el precio de su
fracaso. Los chavistas tienen el poder en las manos, están muy apurados
en esconder sus marramucias y han demostrado hasta dónde pueden llegar.
Teóricamente, pueden gobernar en minoría, controlando con ráfagas
represivas los malestares de la crisis en un contexto caotizado. Es un
movimiento político acorralado y muy cerca de conocer una derrota grave;
pero todavía con cierta fuerza social, con identidad política, con
pocos escrúpulos, y además armado.
Lo que sucede es que su margen de
maniobra se estrecha dramáticamente, en todos los órdenes: el económico,
el político, el social, el internacional, el diplomático. Venezuela
tiene el déficit fiscal más grave de su historia; la corrupción roja
dilapidó las arcas de la nación en Cadivi y no quedan recursos con los
cuales atender demandas elementales, como por ejemplo la escasez de
medicinas.
La mecánica consultiva impuesta por
Chávez en la Constitución del 99 le funcionaba a la perfección al
gobierno cuando tenía, como tuvo hasta el 2013, el viento a su favor. En
esta ocasión, como en casi todos los órdenes de la gestión de gobierno,
este dispositivo obra en contra de Maduro. La llegada a una costa
electoral colocará al oficialismo ante la verdad. Ante su verdad. Ante
la eventualidad de ver su ruina frente al espejo.
En este contexto es que debemos
comprender el proceso represivo en curso, y la necesidad de asistir,
disciplinada y estoicamente, a unas elecciones, en este caso a las
parlamentarias, aún con las cosas en contra. Para hacer posible la
suprema necesidad de otorgarle soporte político a un eventual proceso de
transición y dirimir los dilemas de Venezuela en el marco de la paz y
la legalidad.
No comments:
Post a Comment